Diosecitos
Vaya usted a saber quién diantres le traza a uno el hilito que lo lleva a quién sabe qué parte, ya ve, como una marioneta, le digo, millones de marionetas allá a lo lejísimo, miles allá tras la puerta, siendo manipulados cual tristísimas marionetas hambrientas de comida, de mierda, de todo, oiga, porque los hay muchos, y cada uno con sus individualidades muy peculariares y cada uno sintiéndose diosito, mire cuántos infinitos dioses: amos de infinitos multiversos, pero tan triste la situción como las tristes cucarachitas, porbrecitos ellos, tan insignificantes como esas hormigitas locas que se roban mi pan mañanero, pero ya los ve usted allá afuera creyéndose los inmortales, babosos digo yo, tan tiernos, tan cobardes que el asunto de un cajón mortuorio les provoca vómitos, calambres y hasta le cambian la conversación ahí nomasito.
Pero a lo que iba, mi amado lector, papacito, vamos, que mi cuento no iba por esos rumbos, pero usted ya sabe cómo me pone el vodka mañanero, tan parlanchina y babosita, tan rubia caliente, que se me va el avioncito, así sin más, como parlanchín me resultó el mancito aquél del miércoles, que a la hora de la hora cuando ya estábamos listos para concretar el bisness en el cuarto, se me echa a llorar encima de las piernas, y yo que me quedo tan puta, bueno, estupefacta, y que le digo, qué te pasa muchacho y que me avienta todo el testamento de sus desgracias familiares, si me permite la palabra querido, que lo mejor hubiera sido que yo cerrase las dos bocas, pero por cariño incondicional y devoto que le tengo al pisto, me hago la pinche terapeuta graduada con los más altos honores de la calle. Suele pasar, no le digo yo, a veces toca hacer de puta corriente como todas y algún domingo toca callar y escuchar llantos de bebés socialmente mutilados.
Y uno cae al final en el asunto, y el asunto lo acorrala a uno, es indefectible la cosa, aunque uno no quiera verse al espejo o escucharse los pensamientos, allí estamos, uno a uno, sin el chance de poder callarse las palabras, ni arrancarse las orejas o hundirse clavos en los ojos. Ahí está la verdad de todos modos, que no se irá, como esos molestos tumores en los que yo no creía, y haciéndome la que no oía ni sentía, un día cualquiera me desparramo sobre las escaleras para que al tercer día me estén abriendo el vientre de para en par para arrancarme el jodido tumor, así que en resumidas cuentas, no importa que usted se haga el pendejo, porque cosas como la verdad o los tumores lo encuentran a uno hasta cuando se está haciendo del dos, ya vé usted, que de todos modos termina uno preguntándose quien carajitos hala las cuerdas, si habrá una deidad allá en lo alto, tras esas cositas que parecen algodones de azúcar, y por qué diablos me hizo tan puta, tan malhumurada, tan neurótica… lo cierto es que extrañaré todos estos efímeros segundo para cuando yo esté tres metros boca arriba. Mi amorcito: vaya usted a saber por qué ya me estoy poniendo tan melodramática de nuevo con este asunto de la muerte.
Pero usted no se preocupe, si es un domingo por la mañana, lleve su taza de café consigo y salga allá afuera, vea ese infinito cielo, no se olvide de la verdad sobre las hormiguitas y póngase crispado cariño, que la vida aunque hijdadeputa es sólo una. ¡Una! Me oyó bien, una sola. Salga, tararee una estúpida canción, vaya al cine, lave su cabello, mastúrbese, deme una llamadita, que esta noche nos toca devorarnos al mundo. ¡Olé!


