El mejor relato del mundo, o el mejor que yo haya leído:
Dos pequeños fragmentos de Tinieblas y Amanecer: Las Hermanas.
Por la rendija de la parte superior de la ventanilla penetraba un aire fresco, punzante. En la oscuridad volaban, se entrecruzaban y descendían hasta el suelo las rayas de fuego. De vez en cuando pasaba volando una nube de humo gris. Traqueaban, obedientes, las ruedas de los vagones. La locomotora emitió un prolongado silbido al tomar una curva, y el fuego de la caldera arrancó de la oscuridad, por un instante, los negros conos de unos abetos. Golpeteó una aguja, se meció blandamente el vagón, pasó, fugaz, el ojo verde de un semáforo, y de nuevo las largas rayas cruzaron ante la ventana como una lluvia de fuego.
Mirándolas, Iván Ilich, embargado de súbito por una alegría desbordante, sintió con toda fuerza lo que le había ocurrido en los últimos cinco días. Si hubiera podido expresar a alguien lo que sentía, lo habrían creído un loco. Pero él no veía en aquello nada de extraño ni de insensato. Todo estaba extraordinariamente claro.
Sentía que, en medio de las tinieblas de la noche, vivían, sufrían y morían millones y millones de personas. Pero la gente aquella vivía sólo convencionalmente, y todo lo que sucedía en el mundo era convencional, casi ilusorio. Tan casi ilusorio que, si él hiciera un esfuerzo, un solo esfuerzo, todo cambiaría, todo sería distinto. Y en medio de todo aquello, de todo lo ilusorio, existía un nervio vivo: él, Iván Ilich Teleguin, el hombre con la cara pegada al cristal de la ventanilla. Aquel ser enamorado de sí mismo. Había salido del mundo de las sombras y, en medio de una lluvia de fuego, volaba sobre la oscura tierra.
Aquel insólito sentimiento de amor a sí mismo se prolongó unos segundos. Luego, Iván Ilich entró en el compartimento, trepó a la litera superior, miró, al desnudarse, sus grandes manos y pensó, por primera vez en su vida, que eran bellas. Cruzó las manos tras la nuca, cerró los ojos y, al instante vio a Dasha. Ella le miraba a la cara, emocionada, llena de amor. (Así lo había mirado aquél día en el comedor, mientras envolvía los pastelillos. Iván Ilich rodeó la mesa, se acercó a ella y le dio un beso en el hombro, tibio; ella se volvió rápidamente; él preguntó: “Dasha, ¿será usted mi mujer?” Ella se limitó a mirarlo.)
Ahora, tendido en la litera, mientras veía, sin cansarse, el rostro de Dasha, sintió, también por primera vez en su vida, un júbilo desbordante porque ella, Dasha, lo amaba a él, al hombre de manos grandes y bellas.
***
Dasha y Teleguin paseaban por la avenida. Era un domingo de abril. En el fresco cielo, de azul todavía primaveral, bogaban sutiles jirones de una nube que el sol deshacía. La luz del astro penetraba en la avenida como a través de una capa de agua y resbalaba por el blanco vestido de Dasha. Al encuentro de la pareja avanzaban los secos mástiles rojos de los pinos, cuyas copas rumoreaban. Dasha miraba a Iván Ilich, que se había quitado la gorra y, fruncidas las cejas, se sonreía. Ella se sentía invadida de la calma y del encanto de aquél día, del gozo que le producía respirar un aire tan puro, caminar con tanta ligereza y entregar toda su alma a aquel día y al hombre que iba a su lado.
– Iván –dijo Dasha y se sonrió levemente.
El preguntó, sonriente también:
– ¿Qué quieres, Dasha?
– Nada, pensaba…
– ¿En qué?
– Luego te lo diré.
– Sé en que pensabas.
Dasha se volvió rápidamente hacia él.
– Estoy segura de que no lo sabes
Llegaron a un corpulento pino. Iván Ilich arrancó un pedazo de corteza, salpicado de blandas gotas de resina, lo desmenuzó entre sus dedos y miró cariñosamente a Dasha.
– Sí que lo sé.
A Dasha le tembló la mano.
– ¿Comprendes? –dijo con un hilo de voz. –Siento que el gozo va a desbordarme, llevándome a una alegría todavía mayor… Tan llena estoy toda…
Iván Ilich asintió con la cabeza. Salieron de un calvero tapizado de hierba verde tierno, como plumón de polluelo, y salpicado de amarillos ranúnculos, que el viento agitaba. Una ráfaga levantó el vestido de Dasha. Ella se inclinó varias veces, sin detenerse, para estirarse la falda, repitiendo:
– ¡Caramba con el viento!
Al final del calvero veíase la alta verja del palacio, con sus lanzas doradas, descoloridas por el tiempo. A Dasha se le metió una piedrecita en un zapato. Iván ilich se agachó, quitó el zapato del tibio pie de Dasha, ceñido por blanca media, y le dio un beso en el empeine. Dasha se puso el zapato, golpeó el suelo con el tacón y dijo:
– Quiero tener un hijo tuyo, eso es…

4 respuestas hasta el momento ↓
AS // Diciembre 23, 2007 a 3:59 pm |
Como y donde puedo conseguir tinieblas y amanecer de A. Tolstoi ?
Vivo en Paris, y lo necesito para mi madre que desea volver a leerlo.
Gracias por la eventual ayuda
AS
alejo II // Agosto 26, 2009 a 4:18 pm |
LUDMILA LO PUEDES CONSEGUIR EN SANTIAGO DE CHILE,,,,YO SOY DUEÑO DE ESTA TRILOGIA QUE COMIENZA CON LAS HERMANAS , TINIEBLAS Y AMANECER Y AL AÑO 18 , QUE NARRA LA HISTORIA DE RUSIA DESDE LA PRIMERA REVOLUCION DEL 1905 HASTA EL AÑO 1922 QUE DA TERMINO A LA GUERRA CIVIL,,,,
ludmila // Enero 11, 2009 a 5:59 pm |
Por favor necesito conseguir tinieblas y amanecer, vivo en madrid y mi padre quiere releerlo.
muchas gracias!
cemetary // Agosto 28, 2009 a 7:36 am |
Hola, soy el administrador de este blog. Si queréis yo os puedo mandar los scans de Tienieblas y Amanecer. Podéis mandarme un e-mail a esta dirección: cemetary_hd [@] yahoo.com
Saludos.-