La Destrucción. Diario.

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Alimentándome

Mayo 1, 2008 · 1 comentario

Actualmente leyendo con propósitos re-creativos Mi infancia de M. Gorki y Diario. Una novela de C. Palahniuk. Así que, señores, una taza de café al son de una lectura minimalista y a esperar una buena cosecha.

Silvio Rodríguez – Silvio\Y Mariana.mp3

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Tinieblas y Amanecer: I-Las Hermanas [Alexéi Tolstói]

Diciembre 10, 2007 · 4 comentarios

El mejor relato del mundo, o el mejor que yo haya leído:

Dos pequeños fragmentos de Tinieblas y Amanecer: Las Hermanas.

Por la rendija de la parte superior de la ventanilla penetraba un aire fresco, punzante. En la oscuridad volaban, se entrecruzaban y descendían hasta el suelo las rayas de fuego. De vez en cuando pasaba volando una nube de humo gris. Traqueaban, obedientes, las ruedas de los vagones. La locomotora emitió un prolongado silbido al tomar una curva, y el fuego de la caldera arrancó de la oscuridad, por un instante, los negros conos de unos abetos. Golpeteó una aguja, se meció blandamente el vagón, pasó, fugaz, el ojo verde de un semáforo, y de nuevo las largas rayas cruzaron ante la ventana como una lluvia de fuego.
Mirándolas, Iván Ilich, embargado de súbito por una alegría desbordante, sintió con toda fuerza lo que le había ocurrido en los últimos cinco días. Si hubiera podido expresar a alguien lo que sentía, lo habrían creído un loco. Pero él no veía en aquello nada de extraño ni de insensato. Todo estaba extraordinariamente claro.
Sentía que, en medio de las tinieblas de la noche, vivían, sufrían y morían millones y millones de personas. Pero la gente aquella vivía sólo convencionalmente, y todo lo que sucedía en el mundo era convencional, casi ilusorio. Tan casi ilusorio que, si él hiciera un esfuerzo, un solo esfuerzo, todo cambiaría, todo sería distinto. Y en medio de todo aquello, de todo lo ilusorio, existía un nervio vivo: él, Iván Ilich Teleguin, el hombre con la cara pegada al cristal de la ventanilla. Aquel ser enamorado de sí mismo. Había salido del mundo de las sombras y, en medio de una lluvia de fuego, volaba sobre la oscura tierra.
Aquel insólito sentimiento de amor a sí mismo se prolongó unos segundos. Luego, Iván Ilich entró en el compartimento, trepó a la litera superior, miró, al desnudarse, sus grandes manos y pensó, por primera vez en su vida, que eran bellas. Cruzó las manos tras la nuca, cerró los ojos y, al instante vio a Dasha. Ella le miraba a la cara, emocionada, llena de amor. (Así lo había mirado aquél día en el comedor, mientras envolvía los pastelillos. Iván Ilich rodeó la mesa, se acercó a ella y le dio un beso en el hombro, tibio; ella se volvió rápidamente; él preguntó: “Dasha, ¿será usted mi mujer?” Ella se limitó a mirarlo.)
Ahora, tendido en la litera, mientras veía, sin cansarse, el rostro de Dasha, sintió, también por primera vez en su vida, un júbilo desbordante porque ella, Dasha, lo amaba a él, al hombre de manos grandes y bellas.

***

Dasha y Teleguin paseaban por la avenida. Era un domingo de abril. En el fresco cielo, de azul todavía primaveral, bogaban sutiles jirones de una nube que el sol deshacía. La luz del astro penetraba en la avenida como a través de una capa de agua y resbalaba por el blanco vestido de Dasha. Al encuentro de la pareja avanzaban los secos mástiles rojos de los pinos, cuyas copas rumoreaban. Dasha miraba a Iván Ilich, que se había quitado la gorra y, fruncidas las cejas, se sonreía. Ella se sentía invadida de la calma y del encanto de aquél día, del gozo que le producía respirar un aire tan puro, caminar con tanta ligereza y entregar toda su alma a aquel día y al hombre que iba a su lado.
– Iván –dijo Dasha y se sonrió levemente.
El preguntó, sonriente también:
– ¿Qué quieres, Dasha?
– Nada, pensaba…
– ¿En qué?
– Luego te lo diré.
– Sé en que pensabas.
Dasha se volvió rápidamente hacia él.
– Estoy segura de que no lo sabes
Llegaron a un corpulento pino. Iván Ilich arrancó un pedazo de corteza, salpicado de blandas gotas de resina, lo desmenuzó entre sus dedos y miró cariñosamente a Dasha.
– Sí que lo sé.
A Dasha le tembló la mano.
– ¿Comprendes? –dijo con un hilo de voz. –Siento que el gozo va a desbordarme, llevándome a una alegría todavía mayor… Tan llena estoy toda…
Iván Ilich asintió con la cabeza. Salieron de un calvero tapizado de hierba verde tierno, como plumón de polluelo, y salpicado de amarillos ranúnculos, que el viento agitaba. Una ráfaga levantó el vestido de Dasha. Ella se inclinó varias veces, sin detenerse, para estirarse la falda, repitiendo:
– ¡Caramba con el viento!
Al final del calvero veíase la alta verja del palacio, con sus lanzas doradas, descoloridas por el tiempo. A Dasha se le metió una piedrecita en un zapato. Iván ilich se agachó, quitó el zapato del tibio pie de Dasha, ceñido por blanca media, y le dio un beso en el empeine. Dasha se puso el zapato, golpeó el suelo con el tacón y dijo:
– Quiero tener un hijo tuyo, eso es…

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Cuentos filo-sóficos de Kosta Axelos [onto-teo-mito-gnoseo-psico-socio-tecno-escato-lógicos]

Agosto 6, 2007 · Dejar un comentario

EL SER [y la esencia de lo que se es]
Un sabio chino se pasea con su alumno. Cruzan un puente. ¿Cuál es el ser [o la esencia] del puente?, pregunta el aprendiz de filósofo. Su maestro lo mira, y con un solo gesto lo arroja al río.

LO REAL Y LO IMAGINARIO [las trampas mito-lógicas]
Un padre y una madre observan a su hijo que retoza en una playa del Mediterráneo. El padre se vuelve hacia la madre y le pregunta: ¿deberíamos decirle que no es más que un mito?

LA VERDAD [en tanto des-cubrimiento]

Un día Cristóbal Colón declaró: parto a descubrir América. Y partió. Después de un largo viaje, vislumbró la tierra. América, exclamó a su tripulación. Se acercaron a la costa y desembarcaron. Sobre la playa, vieron frente a ellos un grupo de pieles-rojas en conciliábulo con su jefe. Los dos grupos se observaron. El jefe de los pieles-rojas avanzó majestuosamente hacia el grupo de Colón. Llegando frente al jefe de los blancos, se detiene y pregunta: ¿Eres tú Cristóbal Colón? ante su respuesta afirmativa, se vuelve hacia su gente y les dice: muchachos, de ahora en adelante es inútil escondernos, estamos descubiertos.

LA MUERTE [Y el amor a la vida]
Una vez un mandarín chino propuso esta medida al gobernador de una provincia, quien no tardó en adoptarla. En el momento en que la víctima debía posar la cabeza sobre el taco para que el verdugo se la pudiese cortar, un caballero engalanado llegaba de golpe y exclamaba: ¡Deteneos! ¡El sire ha concedido su gracia al condenado a muerte! En ese instante de euforia suprema, el verdugo cortaba la cabeza del feliz mortal.

EL AMOR [las inversiones y las trastocaciones]
Una pareja de homosexuales.
El masoquista: Me postro a tus pies, lastímame de verdad, más que nunca, todo lo que puedas.
El sádico: ¡NO!
El masoquista: Gracias

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El amor por mi patria lo he puesto sobre todos los amores

Julio 24, 2007 · 2 comentarios

Carta a Blanca de Sandino
[6 de octubre de 1927]

El Chupón. 6 de octubre de 1927

Señora Doña Blanca de Sandino
San Rafael del Norte

 Mi dulce esposa:

Hoy recibí tu carta, fecha de agosto próximo pasado, la que te contesto con el mayor placer que puedes imaginarte; no sé cómo contestar a tus lamentos. Sé que no te hago feliz, pero te diré que cuando te propuse matrimonio fue inspirado por el mayor deseo de amarte con toda la fuerza de mi corazón, y jamás me imaginé que las circunstancias me pondrían en el caso de ser causa de tu intranquilidad, y que llegara a tanto tu desesperación, que pudieras pensar en el suicidio. Aunque tú dices que no te quiero, yo deseo convencerte de que a pesar del mucho amor que te tengo, puede uno sacrificarse tal como lo estamos haciendo hoy nosotros, los que estamos con el arma al hombro defendiendo con desesperación nuestros derechos de hombres libres, ya que jamás podremos aceptar el yugo de la esclavitud por cobardes: prefiero perder tu amor y morir en lucha abierta contra el asesino invasor, antes que permitir que tú, yo y nuestros hijos, si los tuviéramos, sobreviviéramos en el oprobio que solamente pueden aceptar los cobardes e irresolutos. El amor a mi patria, lo he puesto sobre todos los amores, y tú debes convencerte de que para ser feliz, para que seamos felices, es menester que el sol de la libertad brille en nuestra patria. No sólo la traición y el oro triunfan. Con más razón también triunfará la justicia.
 
Sé optimista, ten fe en Dios, y él nos ayudará a libertarnos, para que mañana, cuando estemos juntos y el mismo Dios nos obsequie un niño, él bendiga la memoria de su padre, que con inquiebrantable voluntad le preparó: Patria y Libertad.

Te envío una de las muchas revistas que nos llegan de los países indo-hispanos; por ella te puedes dar una ligera idea de los trabajos que se desarrollan en nuestro favor.

No quiero que vengas, porque la cosa no es tan fácil como te la imaginas. No me hables de celos, porque ya te he dicho que yo sé lo que hago, y además te debes convencer de que te amo, que eres tú mi esposa, y de nada te servirá gastar sal en mar. Yo soy tu mar y en mí confía.

Saluda a mi suegra y dile que esta carta va para ti, ella y Lucila; que si no les escribo es porque el tiempo no me da lugar, por ahora, a ser cortés. Dámele un abrazo a mi suegra y un beso a Chila.

En vez pasada te mandé unos volantes que he lanzado en toda la república, y en ellos se deben basar la cuestión de las elecciones.

Saludes a todos los que por mí pregunten, con especialidad a  don Santos Aráuz y Santos Rivera, así como al Cor. Clemente Rodríguez, dile a esos señores que no se metan muy de lleno con esos machos, porque sería una lástima que mañana nosotros fuéramos enemigos políticos, ya que con ellos tengo puestos los ojos como los hombres del mañana. Dales que lean esta carta, para que se convenzan de que aunque en las selvas siempre les recuerdo.

Yo supongo que nuestro triunfo ya no admite dudas, pues Dios, no solamente ha favorecido nuestra causa, sino que se ha convertido en parte interesada.

Que todas las grandezas que obtengan los piratas, que no deslumbren a Uds., porque la grandeza de Dios es la protectora nuestra.

Los piratas se irán de nuestro territorio y ni en ellos podrán dar después una explicación de lo que les obligó a derrotarse. Nuestro triunfo será providencial.

Tú, Blanquita mía, recibe un millón de besos y un diluvio de abrazos, mientras me doy el placer de estrecharte en mis brazos personalmente.

Tuyo,

A. C. Sandino

P.D.
Por estar de prisa este correo, no reviso lo escrito; hazlo tú.
Vale.
[16, 2p.]

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